
“En 1993 la Cocha El Dorado era un lugar desolado, vacío de las riquezas que asombraron un día a los primeros exploradores europeos.” La extracción del caucho, el comercio de pieles de animales y la pesca indiscriminada aceleraron la depredación y el proceso de extinción de las especies animales y vegetales. Para los pobladores de la Comunidad de Manco Cápac, la pesca es una de las actividades económicas más importantes y fuente de alimentación proteica para las familias; es por esta razón que, tanto los pobladores de Manco Cápac como los de otras comunidades, han ejercido una fuerte presión hacia los recursos pesqueros en la Cocha El Dorado y sus alrededores, provocando su rápida extinción.
“Entre 1965-1976 fueron exportadas 5´500,000 pieles y cueros de animales silvestres de la Amazonía peruana; (...) sin embargo, se calcula que el total matado fue el doble, ya que muchos animales heridos de muerte nunca fueron recobrados, y muchos cueros nunca llegaron al mercado por su mal estado.. Adicionalmente, decenas de miles de animales fueron asesinados y empleados como cebo para la captura de jaguares y ocelotes. Entre 1965 y 1973, solamente de Iquitos fueron exportados para mascotas 1´958,000 animales, la mayoría aves y monos.”
(José Álvaro Alonzo, Mi Tierra Amazónica, martes 21 de marzo 2006)
Por iniciativas de algunos pobladores de la cercana comunidad de Manco Cápac, y con apoyo de la ONG Pro Naturaleza y de la Jefatura de la Reserva, se formó entonces un grupo de pescadores al que se le delegó atribuciones para manejar la Cocha El Dorado y sus caños. Las actividades del grupo, aparte de la vigilancia para evitar la extracción ilegal de recursos, incluyeron desde el inicio el manejo de tortugas acuáticas (charapa y taricaya), el aprovechamiento controlado de peces menores como gamitana (Colossoma macropomum), boquichico (Procilodus nigricans) y carachama (Lyposarcus pardalis), el manejo de arahuana (Osteoglossum bicirrhosum) para aprovechamiento de alevinos y el manejo experimental del paiche (Arapaima gigas).
A lo largo de diez años de vigilancia no remunerada y altibajos, quedan 14 pescadores a vigilar 600 ha de aguas negras, que han vuelto a lucir como probablemente lucían hace cuatros siglos.
(José Álvaro Alonzo, Mi Tierra Amazónica, martes 21 de marzo 2006)
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