
De vuelta al paraíso
José Álvarez Alonso Mi Tierra Amazónica, Iquitos, Loreto marzo 2006
La increíble epopeya de un grupo de amazónicos luchando por recuperar el paraíso de sus antepasados
La placidez paradisíaca del lago es rota apenas por el ruido acompasado del remo que impulsa la canoa a través de la tersura inmaculada de la superficie del agua, y por el coro de las aves que proclaman entusiastas su amor a la vida. La cocha El Dorado bulle de vida al amanecer: a lo largo de la orilla, decenas de caimanes asoman cautamente los ojos y la nariz oteando el horizonte en busca de una posible presa, mientras oleadas repentinas en la superficie delatan por uno y otro lado a los paiches y a los delfines rosados que salen a respirar, seguros de la invulnerabilidad que su tamaño les da ante los gigantescos reptiles. En busca de los mejores lugares para desayunarse con una opípara dieta de peces, miles de garzas y cormoranes rasgan en nutridos bandos la neblina matinal que, cual aliento de un gigantesco monstruo primigenio, se eleva de la superficie del lago, mientras sucesivas oleadas de guacamayos y otros loros polícromos cruzan bulliciosos el cielo hacia sus lugares de alimentación. En la lejanía se escucha el profundo grito de los monos aulladores, dándole un fondo de contrabajo al concierto matinal de la naturaleza.
Son las seis de la mañana de un día cualquiera a principios de la vaciante amazónica, y la Cocha El Dorado, en la Reserva Nacional Pacaya - Samiria, parece ciertamente una estampa del paraíso terrenal. El lago respira y transpira vida por cada rincón, como pocos lugares que yo haya visto a lo largo y ancho de este maltratado planeta. No me extraña en absoluto que así fuera percibido por los primeros exploradores que visitaron este rincón de la Amazonía peruana hace ya cuatro siglos y medio. No siempre, sin embargo, esta cocha conservó su belleza primigenia, como vamos a ver.
Cuando el cronista virreinal Antonio de León Pinelo visitó a principios del siglo XVII la Amazonía norperuana, se quedó tan impresionado por el paisaje paradisíaco y por la abundancia de recursos de que disponían los indígenas que decidió escribir un libro al respecto, "El Paraíso en el Nuevo Mundo", publicado en 1653. En él describe la plácida y descansada vida de que disfrutaban los indígenas de la zona que hoy es la Reserva Nacional Pacaya - Samiria y su área de influencia, en la confluencia de los ríos Marañón y Ucayali, y la facilidad con que obtenían los recursos necesarios para subsistir, en comparación la dura vida de otras regiones conocidas por el autor, como la costa y los Andes peruanos, o los países de Europa. Otra cosa que impresionó a éste y otros viajeros fue la organización social: al contrario de las sociedades occidentales, donde las grandes mayorías de la población vivían en la miseria, oprimidas y explotadas por una élite parásita de nobles e hidalgos, en la Amazonía existía una igualdad social admirable: todas las personas eran iguales, y todos sin excepción vivían del trabajo de sus manos.
Otros viajeros, exploradores o científicos que visitaron la Amazonía en la época de la colonia hablan con admiración de la extraordinaria abundancia de comida de la que disponían los indígenas. Fray Gaspar de Carvajal, cronista de la expedición de Orellana de 1542, la primera en navegar por el Amazonas, escribe que en un solo pueblo del bajo Napo "había muy gran cantidad de comida, ansí de tortugas, en corrales y albergues de agua, y mucha carne y pescado y bizcocho, y esto tanto en abundancia, que había para comer un real de mill hombres un año". Apenas dos décadas después, Fr. Pedro Simón, cronista de la expedición del malogrado Pedro de Ursúa (asesinado luego por Lope de Aguirre) habla también de la abundancia de comida que encontraban en todos los poblados en los que atracaban, y menciona por ejemplo que en un grupo de casas de un pueblo cerca de la boca del Napo, que los indígenas les cedieron a los expedicionarios casas para alojarse, recogieron y embarcaron en sus bergantines para rancho "más de seis o siete mil tortugas".
Un siglo más tarde, en 1660, el P. Cristóbal de Acuña, cronista de la expedición del capitán Pedro Texeira (que surcó el Amazonas desde la desembocadura hasta Quito), describe también la gran abundancia de alimentos de que disponían los indígenas, especialmente de tortugas acuáticas, que los indígenas capturaban en verano en las playas y guardaban durante todo el año en lagunas cercadas excavadas cerca de sus casas: "Los indígenas cogen estas tortugas con tanta abundancia, que no hay corral de estos que no tenga de cien tortugas para arriba, con que jamás saben estas gentes qué cosa sea hambre, pues una sola basta para satisfacer una familia, por mucha gente que tenga".
El naturalista inglés Alfred Russell Wallace, que exploró la Amazonía hacia mediados del siglo XIX, calcula que en una sola playa cercana a Manaos se cosechaban más de 5´000,000 de huevos de la tortuga charapa. Estos huevos eran aplastados en canoas para extraer su grasa ("manteica o manteca"), que era exportada a Europa para ser usada en el alumbrado doméstico. Nos podemos imaginar la cantidad de charapas que podría haber en los 5,000 km. de cauce navegable del Amazonas y su afluente el Ucayali, y en los otros miles de km. de cauces de sus afluentes principales. Y estamos hablando de una sola especie. Sin embargo, Wallace ya cita las quejas de la gente de la época sobre el descenso del número de charapas, debido a la sobre explotación, que amenazaba la primera industria de la región. Apenas un siglo después, la charapa se convirtió en una de las especies más amenazadas del la Amazonía, y su población se redujo a unos pocos cientos, recluidos en áreas protegidas que albergan bosques inundables, como la Reserva Nacional Pacaya - Samiria, en Perú, y su similar Mamirauá, en Brasil. Este colapso ha ocurrido y está ocurriendo con virtualmente todos los recursos amazónicos que, por su valor para la alimentación o la industria, tuvieron la mala suerte de tener demanda y mercado. Hoy el ecosistema amazónico está enfermo debido a esta explotación desmedida y selectiva, aunque nadie puede decir hasta qué punto (ver recuadro).
RECUADRO
La selva enferma
En el último siglo, numerosas las especies de plantas y animales han sido explotadas de forma tan indiscriminada que han desaparecido virtualmente de la mayor parte del territorio amazónico. Entre ellas destacan primates y aves grandes de caza, tortugas acuáticas, caimanes, peces grandes (especialmente gamitana y paiche), y mamíferos como el tapir, el lobo de río, el tapir y el manatí. Entre las plantas, son graves los casos del palo de rosa, el cedro y la caoba, virtualmente exterminados de la mayor parte de nuestro territorio. Las consecuencias de este saqueo son de tipo ecológico y económico: hoy, el bosque amazónico, tanto el de tierra firme como el inundable estacionalmente, está enfermo, ya que carece de muchos de los dispersores de semillas y predadores de la vegetación que forman parte esencial del ecosistema.
Un ejemplo del problema ecológico lo constituye justamente la desaparición de los animales grandes que habitaron un día en enormes números los ecosistemas acuáticos, especialmente la charapa y sus primos la taricaya y el cupiso (Podocnemis spp.), la gamitana (Colossoma macropomum) y el manatí (Trichechus inunguis). Estos animales contribuían a dispersar las semillas (los primeros) y a controlar la vegetación acuática de lagos y otros cuerpos de agua en la Amazonía (especialmente el manatí). Sus excrementos fertilizaban el agua y eran la base de una rica cadena trófica, que hacía posible la existencia de una de las pesquerías más ricas del planeta. Hoy esta pesquería está colapsando, y en la Amazonía peruana se captura apenas una quinta parte del pescado que se capturaba hace apenas una década. Debido al exterminio de los herbívoros acuáticos, muchos lagos están cubiertos de vegetación flotante, que interfiere en el intercambio de oxígeno y extrae los nutrientes de las aguas, dejándolas casi improductivas. El bosque inundable por el Amazonas, y los lagos fluviales asociados, uno de los ecosistemas más ricos de la tierra, que es fertilizado todos los años gracias a los sedimentos que las crecientes arrastran desde la cordillera de los Andes, hoy está subutilizado y enfermo: millones de toneladas de frutos y vegetación se desperdician cada año, ya que fueron exterminados los animales que se alimentaban de ellos.
Hambre en el paraíso
Pero el problema no es sólo ecológico: estos animales constituían la principal fuente de proteína para la población humana de la Amazonía. Hoy las comunidades rurales de la Amazonía peruana sufren las consecuencias de la carestía y pasan hambre, algo inconcebible hace apenas un siglo y medio. Los índices de desnutrición son dramáticos: cerca del 60% de los niños del primer grado de primaria en zonas rurales padecen hambre, según datos del Ministerio de Educación, más del 40% sufre anemia perniciosa y los casos de tuberculosis aumentan día a día. En zonas de cabeceras de ríos, donde el pescado es más escaso, los índices son más graves aún: por ejemplo, en la provincia de Condorcanqui, alto Marañón, más del 72% de la población padece algún tipo de desnutrición, según datos del Gobierno Regional de Amazonas. Los descendientes de los bien alimentados indígenas, que impresionaron y alimentaron a los hambrientos europeos en siglos pasados, hoy tienen que comprar sardinas enlatadas de la Costa para completar su magra dieta de yuca y plátano, algo inconcebible si consideramos el potencial productivo de estos ecosistemas.
Sin embargo, la degradación no sólo es económica, sino social: lacras sociales antes desconocidas entre los indígenas, como el alcoholismo, la prostitución y la delincuencia, hoy son moneda común en muchas comunidades amazónicas, a las que han entrado de la mano de madereros, comerciantes y patrones, para los que los pobladores rurales son apenas mano de obra barata alquilada para esquilmar los recursos de los que un día fueron propietarios.
¿Qué pasó?
Muchos se preguntan qué ha podido ocurrir para que los otrora orgullosos y bien alimentados indígenas, que asombraron a los conquistadores con su organización social y bienestar, hayan devenido en un pueblo desnutrido, y degradado cultural y socialmente. La historia ilustra claramente el inicio de la debacle: coincidió con la llegada masiva de colonos foráneos y la introducción de la economía de mercado, especialmente durante la época republicana. Los grupos indígenas, que habían manejado su patrimonio natural de forma sostenible por milenios, fueron expropiados del mismo por el flamante Estado peruano. Bosques, ríos y cochas fueron declarados "patrimonio de la nación", y, como todo lo que es público en nuestra realidad, fue sometido al peor saqueo que haya conocido la región en toda su historia.
Los indígenas no sólo fueron expoliados: fueron convertidos en peones de caucheros, madereros y otros saqueadores, con consecuencias que todos conocemos para su sociedad y su cultura. Los animales y peces que constituían la parte principal de su dieta fueron cazados por millones para aprovechar sus pieles o para venderlos como mascotas, o para abastecer de carne a la creciente población de las ciudades. Los ecosistemas amazónicos, si bien megadiversos (muy ricos en especies) son también sumamente frágiles, y no soportan una presión extractiva intensa y prolongada concentrada sobre unos pocos recursos.
Por citar algunas cifras del saqueo: entre 1965-1976 fueron exportadas 5´500,000 pieles y cueros de animales silvestres de la Amazonía peruana, entre jaguares, ocelotes, nutrias, sajinos (pécaris de collar) y huanganas (pécaris labiados); sin embargo, se calcula que el total matado fue el doble, ya que muchos animales heridos de muerte nunca fueron recobrados, y muchos cueros nunca llegaron al mercado por su mal estado. La mayoría de estos animales fueron despojados de sus cueros y su carne abandonada en el monte. Adicionalmente, decenas de miles de animales fueron asesinados y empleados como cebo para la captura de jaguares y ocelotes. Respecto a los animales vivos, entre 1965 y 1973, solamente de Iquitos fueron exportados para mascotas 1´958,000 animales, la mayoría aves y monos. También la cifra real se calcula en dos a tres veces más, debido a la alta mortandad en el proceso de captura y transporte de los animales.
Lo más triste es que este saqueo no benefició más que a una minoría de comerciantes y exportadores, mientras que las poblaciones rurales recibieron migajas y cargaron con los pasivos ambientales y sociales, como se ha descrito más arriba. En todo caso, el valor total de la exportación de cueros de todas las especies entre 1946 y 1973 ha sido calculado en apenas 12´106,200 US$, una auténtica miseria en comparación del inmenso daño que sufrió la selva, cuyas consecuencias estamos sufriendo todavía hoy.
Los locos Yacutaitas
En 1993 la Cocha El Dorado, en las cabeceras de la quebrada Yanayacu - Pucate (dentro de la Reserva Nacional Pacaya - Samiria) era un lugar desolado, vacío de las riquezas que asombraron un día a los primeros exploradores europeos: un ejemplo más del saqueo criminal que estaban y están sufriendo los recursos a lo largo y ancho de la Amazonía. A pesar de ser una de las cochas más grandes y productivas de esta reserva, la pesca y la caza incontroladas habían reducido al mínimo las poblaciones de los peces y animales más valiosos. El paiche casi había desaparecido, y ni hablar de las tortugas acuáticas, la charapa y la taricaya, los grandes monos y aves, los caimanes, el manatí y el lobo de río. Un censo de paiche realizado en ese año por biólogos dio un resultado alarmante: apenas quedaban cuatro paiches en esta enorme cocha. Por iniciativa de algunos pobladores de la cercana comunidad de Manco Cápac, en la orilla del Ucayali, y con apoyo de la ONG Pronaturaleza y de la jefatura de la Reserva, se formó entonces un grupo de pescadores al que se le delegó atribuciones para manejar esta cocha. El grupo fue bautizado por sus miembros con el sugerente nombre de "Yacutaita": "padre del agua", en kichwa.
El grupo estuvo integrado en un inicio por 18 miembros. La gente del pueblo vio con escepticismo esta iniciativa, y los Yacutaitas tuvieron que batallar duro para proteger efectivamente la cocha de los saqueadores, tanto de dentro como de fuera de la comunidad, que no aceptaban de buen grado el nuevo orden de cosas. "Al principio nos tomaban por locos, nos decían que estamos trabajando por gusto, para los gringos, se burlaban de nosotros", cuenta Don Ramón Pacaya, un anciano de escasa estatura y con apariencia insignificante, pero que transmite al hablar una energía increíble. Él fue uno de los miembros fundadores, y se ha mantenido fiel al grupo a lo largo de todos estos años. Las actividades del grupo, aparte de la vigilancia para evitar la extracción ilegal de recursos en la cocha El Dorado y sus caños asociados, incluyeron desde el inicio el manejo de tortugas acuáticas (charapa y taricaya), el aprovechamiento controlado de peces menores como gamitana, boquichico y carachama, el manejo de arahuana para aprovechamiento de alevinos, y el manejo experimental del paiche.
A lo largo de los años el grupo Yacutaita sufrió altibajos, y hoy los socios plenos son 14, a los que se sumaron recientemente algunos socios nuevos, la mayoría jóvenes: "Para fortalecer el grupo", comentó otro veterano Yacutaita, con rostro curtido por miles de horas de patrullaje en canoa, y manos callosas por el uso del remo y el machete. "Necesitamos sangre nueva para cuidar nuestros recursos, ya que los infractores atacan cada vez con más fuerza".
La recuperación de los recursos fue lenta, pero la luz llegó al final del túnel: un poco más de una década después, que en términos prácticos significó miles de horas de vigilancia no remunerada, de disgustos y sinsabores, de trabajo denodado del pequeño grupo de los "Yacutaitas", la cocha El Dorado ha vuelto a lucir como probablemente lucía hace cuatro siglos, como describíamos al inicio: las aves han vuelto a surcar sus cielos, los peces y otros animales acuáticos a poblar sus aguas, y el bosque bulle de nuevo pletórico de vida. Un ejemplo lo constituye el paiche: de los cuatro ejemplares que había en 1993, la población ha llegado hasta los 600 en el 2003, de modo que ya hace varios años los Yacutaitas han comenzado a aprovechar una cuota de entre 20 y 60 paiches al año, de acuerdo a los censos. También la cosecha anual de alevinos de arahuana se ha incrementado, de los apenas 8,000 que cosechaban hace una década, a 30 - 35,000 alevinos en la actualidad. El paraíso terrenal que Antonio de León Pinelo creyó descubrir en la confluencia de los ríos Ucayali y Marañón está de vuelta, aunque sólo sea en una pequeña fracción de la Amazonía.
Un modelo de desarrollo sostenible para la Amazonía…
La comunidad de Manco Cápac es hoy un modelo de desarrollo para las comunidades vecinas, gracias al manejo sostenible de la cocha El Dorado por el grupo de los Yacutaitas. La gente en esta comunidad dispone de su dinerito, no le falta nunca pescado para alimentar a sus hijos, y sus perspectivas mejoran cada año, con la recuperación de las especies más valiosas económicamente, como el paiche, la arahuana y la gamitana. Los signos de progreso económico en esa comunidad son evidentes: por ejemplo, hoy hay más de 30 televisores, cuando en comunidades vecinas apenas se ven 2 ó 3, y en las casas de los comerciantes solamente. El grupo Yacutaita tiene hoy un capital de trabajo también importante: un motor fuera de borda, un motor peque peque, con sus respectivos botes, equipo de radiofonía, redes tramperas y mallones para pescar paiche y gamitana... El incremento de los ingresos familiares gracias al aprovechamiento sostenible de los recursos pesqueros en la cocha El Dorado resaltan más cuando los comparamos con los ingresos de una familia tipo en comunidades vecinas: según un estudio realizado hace unos años en el bajo Ucayali, el ingreso económico promedio por familia ronda los 30 soles mensuales, cuando los ingresos de un miembro de los Yacutaita puede llegar a los 400 - 500 soles mensuales.
Actualmente, a las actividades anteriormente descritas se suman las actividades ecoturísticas; los Yacutaita son socios del consorcio "Rumbo al Dorado", que impulsa un proyecto ecoturístico en la Cuenca del Yanayacu del Pucate y en la Cocha El Dorado. Dada la espectacular recuperación de la fauna silvestre, El Dorado se ha convertido en una de las zonas con mayor potencial de la región para el ecoturismo, y cada año son más los turistas que la visitan y se deleitan con los logros de los Yacutaita. Puedo dar testimonio de que el lugar es un destino turístico de excelencia: en los apenas tres días que duró mi visita a la zona, pude observar cientos de caimanes, decenas de tortugas acuáticas, miles de loros grandes y aves acuáticas raras en otros sitios (como cigüeñas tuyuyo y manshaco, cormoranes y garzas), decenas de monos grandes, y nueve grupos de lobo de río, una de las especies más amenazadas de la Amazonía, entre otras cosas extraordinarias, entre las que destaca el privilegio de compartir la increíble experiencia de los Yacutaitas.
La espectacular recuperación de los recursos pesqueros y de fauna silvestre en la Cocha El Dorado contrasta vívidamente con el deterioro de los recursos ocurrido en el mismo periodo en zonas de la R. N. Pacaya - Samiria controladas por el mismo Estado, vía guardaparques y puestos de vigilancia. Por muy numeroso que sea su número y por muy bien equipados que estén, los guardaparques por sí solos son incapaces de controlar el ingreso de ilegales y las actividades de aprovechamiento destructivo de los recursos, dadas las mil vías de acceso que esta reserva tiene en tiempos de inundación. Se demuestra una vez más el principio de la "tragedia de lo común": cuando algo es considerado un bien público, y cualquiera tiene el derecho, real o sentido, de acceder a él, se produce inexorablemente la sobre explotación o destrucción del mismo. La gente cuida lo que siente como suyo, y tiene garantía de que sus esfuerzos en manejo o control (que son una auténtica inversión) les va a beneficiar directamente a ellos y a sus descendientes. No cabe duda de que los Yacutaita están haciendo historia en la Amazonía, y han abierto una trocha por la que deberá caminar la región en las próximas décadas si quiere alcanzar el tan ansiado desarrollo sostenible.
La experiencia de manejo de recursos pesqueros protagonizada por el grupo Yacutaita es un ejemplo eximio de que el manejo comunal, protagonizado por los mismos pobladores selváticos, indígenas o campesinos, es una alternativa viable, sostenible y ética para la conservación y uso sostenible de la crecientemente amenazada biodiversidad amazónica.

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